jueves, 26 de agosto de 2010

UNAS PALABRAS DE NELSON MANDELA


"Nuestro miedo más profundo no es el de ser inadecuados. Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más alla de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta. Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, hermoso, talentoso, extraordinario? Más bien la pregunta a formular es: ¿Quién eres tú para no serlo? Tu pequeñez no le sirve al mundo. No hay nada iluminado en disminuirse para que otra gente no se sienta insegura a tu alrededor. Has nacido para manifestar la gloria divina que existe en nuestro interior. Esa gloria no está solamente en algunos de nosotros; está en cada uno. Y cuando permitimos que nuestra luz brille, subconscientemente le damos permiso a otra gente para hacer lo mismo. Al ser liberados de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a otros" Nelson Mandela

lunes, 29 de marzo de 2010

CHILE:CUANDO A NUESTROS VECINOS SE LES VIENE EL MUNDO ABAJO



Los argentinos tenemos una historia particular con nuestros vecinos de Chile, sujeta a las clásicas rencillas de países limítrofes, cierta tensión por cuestiones territoriales, ya sabemos que a los argentinos nos sobra territorio y a los chilenos son un país angosto y largo con menos superficie. Argentinos y chilenos estuvimos a punto de entrar en una guerra durante el conflicto del Beagle, afortunadamente eso no ocurrió, hubiese sido triste y lamentable que dos países con gobiernos dictatoriales cayeran en eso en aquel momento. Cuando la guerra de Malvinas vivimos el doloroso hecho de saber que los chilenos apoyaron a los ingleses contra nosotros, el hundimiento del Belgrano con la cantidad de muertos no fue poca cosa para nosotros. Pero allí estamos, vecindad quizá menos cordial que la que mantenemos con Uruguay, un poquito más tensa que con la de Bolivia o Paraguay. Lo cierto es que frente al desastre del último terremoto los argentinos nos sentimos tan afectados emocionalmente por lo ocurrido a nuestro vecino país como cualquier otro en el mundo. Sin embargo observo lo que pasa aquí cuando miramos ese derrumbe monumental y no puedo evitar reflexionar, no sé muy bien cómo ha repercutido este terremoto en otras partes del mundo, lo que sí puedo observar es que algo inquietante se ha instalado entre nosotros, los argentinos, y el terremoto de Chile parece ser el hito que lo marcó. Veamos.
En los últimos años vimos que Chile creció económicamente a la par de Brasil mientras los argentinos continuamos debatiéndonos en esta continua marcha y contramarcha luego de experimentar cada vez más la pérdida del lugar y los beneficios de lo que nos caracterizó: nuestra bendita clase media. Entonces Chile comenzó a presentársenos como un ejemplo. Era común escuchar: miren cómo Chile avanzó. Y no había envidia en esto, la crisis argentina del 2001 nos llevó a un nivel de conciencia más elevado. Entonces ver que, en un instante, el país más ordenado y limpio de Latinoamérica se convertía en un caos y en un campo de muerte, algo tremendo produjo en nosotros que vivimos hace menos de una década un quiebre equivalente aunque sin terremoto físico: fue un terremoto financiero que sepultó empresas, sueños, la supervivencia de la clase media argentina educada y próspera. Yo diría que todavía los argentinos vemos con perplejidad lo que ocurrió en Chile, estamos como si no hubiésemos salido de nuestro estupor. Chile va a superar este tremendo trance, los argentinos hemos colaborado y lo seguiremos haciendo, pero no estoy hablando de un plano material. Daría la impresión que el espectáculo de Chile, tan cercano, nos sumió en un estado de desesperanza, de inquietud. El orden y la prosperidad chilena se vinieron abajo en un santiamén, quizá de la misma forma que nuestro sueño argentino de pertenecer al primer mundo no hace demasiado tiempo atrás. Los argentinos nos caracterizamos por una gran capacidad para crear, para salir de las crisis, para reinventarnos y a la vez solemos ser incapaces de sostener la bienaventuranza. Somos inteligentes, pero indisciplinados. Tenemos que aprender, Chile fue un ejemplo y ahora todo se vuelve a caer abajo, los argentinos conocemos bien esto de subir y de bajar, de alcanzar una pequeña meta que de pronto se derrumba. Tenemos fama de ser orgullosos o vanidosos, yo diría que ese es el perfil del porteño, no de los habitantes del resto del país y lo ocurrido en Chile nos sorprende una vez más y nos reaviva la última crisis financiera argentina de la que no nos hemos recuperado ni económica ni emocionalmente. Creo que cuando ocurrió lo de Haití nuestra respuesta emocional fue de sorpresa y pena, ahora con lo de Chile es como si admitiéramos que la tierra tiene un gran poder sobre nosotros, que lo impermanente es la condición básica de la vida, que ya nada podemos manejar. Se ha producido un salto de comprensión en nuestra conciencia creo que en la del mundo entero que comienza aceptar que el poder superior de la naturaleza merece ser respetado y honrado, que estamos viviendo paso a paso y de maneras imprevistas las llamadas profecías del 2012. Es extraño pero lo percibo, lo huelo, lo siento. Nuestra comunicación continua con Chile a través de la provincia de Mendoza es una puerta que nos permite mirar el espectáculo del mundo con otros ojos, por eso pienso que las experiencias de cambio climático, las migraciones humanas que se producirán debido a eso, los efectos de tsunamis y terremotos y demás fenómenos predecibles o no, pero inmanejables se convertirán en maestros de toda la humanidad, para que comprendamos en qué planeta vivimos y cuál es nuestro nuevo lugar, un lugar de participación solidaria, de integración igualitaria sustituyendo así el viejo paradigma de dominante dominado que gobernó la tierra y sostuvo la guerra y la destrucción así como la desigualdad y la repartición no equitativa de la riqueza. Obviamente todo lo que ocurre forma parte de un plan y nosotros somos parte de ese plan, aprender a descifrarlo y comprenderlo es un trabajo de nuestra inteligencia, de todas nuestras inteligencias en pos de nuestra evolución como seres humanos. Nuestra más profunda solidaridad con los chilenos que son maestros para enseñarnos la disciplina y también la capacidad de sobreponerse al caos y empezar de nuevo.
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sábado, 20 de marzo de 2010

LA RENDICIÓN ANTE LA VIDA UNA Y OTRA VEZ



Los programas de recuperación de adicciones establecen como condición indispensable o punto de partida para comenzar la recuperación alcanzar un sentimiento de rendición o lo que más comúnmente se llama “tocar fondo”. Estos programas parten de la base que las personas abusaron de sus cuerpos y sus mentes intoxicándose de diferentes maneras, lo hicieron porque tenían un sentimiento todopoderoso que la adicción no hacía más que fortalecer. En realidad estamos hablando de un orgullo de base o una falta de conciencia de la existencia de un poder superior. Lo uno y lo otro son dos caras de una misma moneda. Pretender manejarlo todo modificando la química de nuestro cerebro mediante el consumo de fármacos o sustancias es jugar a ser Dios. Sin irnos tan lejos, quiero decir sin tomar como ejemplo un adicto a las drogas, un alcohólico, un adicto a la nicotina o a la comida, sabemos que la adicción se manifiesta en diferentes grados. Podemos encontrar un apego o adicción a una idea de ser en el mundo basada en la apariencia, así el consumismo hinca sus garras y se sigue manteniendo: las personas creen que su identidad está puesta en la mirada de los otros y se visten ostentosamente, se suben a grandes automóviles, muestran algo que se puede traducir en un nivel alto de vida, así construyen una prosapia o su falsa idea de superioridad mediante la cual se sienten seguros. Esta creencia fomentó la adicción al trabajo que es una de las formas más aceptadas en la actualidad, algunos artistas también la padecen pero la disfrazan con el nombre de “estoy haciendo mi obra” y detrás de la frase se esconde el orgullo de pretender situarse por encima de los demás, la creencia de una superioridad moral o creativa que no es muy diferente a la de aquellos que intentan elevarse a través del status o la apariencia social. Y obviamente esta creencia y esta conducta se sostienen con sentimientos de individualismo, competencia, envidia, miedo y todas sus variantes.
Escucho con frecuencia la frase: “Estoy en un Camino espiritual. Emprender un camino espiritual o una vida espiritual”. ¿Pero en qué consiste realmente eso? ¿Alcanza con modificar la dieta alimentaria o practicar hatha yoga dos veces a la semana? ¿Alcanza con encontrar un método de meditación, oración o japa? Obviamente todo suma y todos son caminos válidos para encontrar un verdad que no nos entrampe en el enjambre mundano y nos nuble la visión. Pero lamentablemente los humanos estamos en un nivel evolutivo que todavía está guiado por nuestra mente y no ha incluido otras formas de conocimiento en la medida necesaria. Y nos engañamos y volvemos a crear un modo de sentirnos superiores a los otros. Entonces el que no come carne cree que encontró la llave de la evolución y se compara con el otro que aunque medita, aún come carne. Y el que medita se vuelve vanidoso porque alcanzó algunos niveles de percepción intuitiva. También está el servicio, cuando se hace un servicio al semejante sin orgullo el camino está allanado, pero no siempre resulta así, más de una vez surge la comparación y la competencia. Si hay competencia hay violencia por más sutil que sea. “La competencia es violencia”, dijo Gandhi y claro que lo es. La violencia es la no aplicación de la ley del amor que rigen todos los planos de la existencia en el universo. Si hay amor no hay competencia, hay compasión. Detrás de todos estos caminos entorpecidos hacia el conocimiento de la verdad se extiende el orgullo o la falta de humildad y detrás de eso está la creencia de una superioridad por encima de los otros seres. El orgullo se alimenta no sólo de la comparación sino de su paso previo: el aislamiento, es el aislamiento del yo frente a cualquier cosa que no sea ese yo. Y eso lógicamente expulsa la integración que es la manifestación de la divinidad. Entonces nuevamente no hay amor. Cuando el amor aparece vemos todo horizontalmente y anhelamos que el otro sea feliz, no queremos más para nosotros. Esta es una experiencia, es un estado de conciencia y cualquier palabra que digamos al respecto lo único que hará será encontrar un símbolo que siempre estará por debajo de la experiencia en sí. Lo cierto es que para poder experimentar esta clase de amor es imprescindible rendirnos, aplastar ese ego que nos separa del resto, que parcela, que nos enfrenta, que busca superioridades de distinta clase, en caso contrario seguiremos las leyes del mundo: pelear para imponerse por sobre los demás. Así se explica que la condición o base para recuperarse de una adicción sea esto, porque la adicción es la expresión máxima de un mal social, es la encarnación de un síntoma que se expresa en distintos niveles. Llega al cuerpo algo que ya está en el alma. Para poder experimentar el amor es preciso sentirnos parte de algo más grande que nos involucra y nos coloca a todos en el mismo nivel, eso puede ser llamado Dios o poder superior o conciencia colectiva o energía en el sentido de lo aglutinante y común. Si no nos asociamos con este saber, con esta energía haremos de nosotros pequeños dioses que establecerán una lucha contra algo externo que en realidad no es otra cosa que una parte de nosotros. Da la impresión que cada día se hace más y más imprescindible este conocimiento por lo que ocurre a nivel social con las adicciones, por lo que está pasando en la tierra como planeta físico. Todo se mueve y nos horizontaliza, los terremotos tiran todo abajo y los ricos y los pobres terminan casi en las mismas condiciones, casi ya que los pobres económicamente hablando por lo general resultan más afectados, aunque en cierto sentido el del impacto emocional resulte ser el mismo. La experiencia de sentirse rendido ante la vida como paso previo para comenzar un camino de humildad se está volviendo masiva, cotidiana, la tierra con sus movimientos se ha vuelto aliada de este proceso de desestructuración que estamos viviendo, de esta caída monumental del viejo paradigma que se expresa en un plano psicológico, material, espiritual. Necesitamos comprender el proceso para darnos cuenta de que es parte de un camino de apertura hacia lo nuevo, desde ya con dolor, con trabajo, con la necesaria rendición, una y otra vez.
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Ilustración de F Sánchez

domingo, 24 de enero de 2010

HAITÍ, UNA PUERTA MÁS HACIA LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA



Ya sabíamos que la tierra iba a continuar moviéndose. En las canalizaciones de Kryon a principios de los noventa se anunciaba esta etapa, la tierra no está ajena al cambio de conciencia colectiva de la humanidad. Las distintas frecuencias vibratorias están interrelacionadas, la materia con su vibración lenta es afectada por la energía más etérica de las mentes. Ningún cambio importante en el planeta tierra puede producirse sin movimiento de polaridades. Aún así, las imágenes del dolor humano por lo ocurrido en Haití nos impactan y producen en las personas distintas reacciones: compasión, profunda pena, angustia, miedo, enojo, indignación. Según el nivel de conciencia de quienes perciben esas imágenes, la reacción emocional será de energía más sutil o más densa.
Hay quienes no comprenden la actitud de los haitianos, ya sea por su violencia o por su apatía. Podríamos decir que las dos responden a una historia de coloniaje y dominación, de esclavismo, una vez más nos enfrentamos a la posibilidad de evaluar la conducta de otro semejante según nuestros parámetros de vida o intentamos ponernos en su lugar y contemplar el mundo desde su perspectiva. Todo me lleva a pensar el terremoto no sólo nos mostró el desastre natural sino que colocó en que este primer plano a la sociedad de Haití frente al mundo, quizá porque el mundo necesita aprender también de eso, aprender a mirar desde una aceptación de la diversidad, aprender a mirar sin desconsiderar la situación histórica de un país que fue reducido por los países dominantes a la condición de servidumbre. La pobreza extrema traslada de generación en generación produce anestesia en el carácter, abulia o una ira contenida que estalla violentamente. Eso ocurrió con nuestros indios guaraníes en América del Sur, por sólo citar a un grupo de los habitantes originarios. Haití no nos es ajeno, es una parte nuestra, una parte de una humanidad que ha sostenido la desigualdad en el planeta con un sistema económico que derrocha por un lado y priva hasta el hambre por el otro. El desastre natural puso al desnudo lo no natural de una sociedad producto del esclavismo. Y lo irónico es que el estado en que se encuentra Puerto Príncipe es semejante a una imagen de ciudad bombardeada, algo muy parecido a la Europa de 1945. ¿Podremos alguna vez como especie humana darnos cuenta de que la guerra es una atrocidad? Esta vez no fueron las bombas humanas y nos aterramos más, pero vivimos viendo imágenes de guerra con cierta naturalidad. Sospecho que la cultura occidental logró que nos familiarizáramos con la guerra y a la cultura la hacemos todos. Haití nos está mostrando muchas cosas que aún necesitamos cambiar dentro de nosotros mismos hacia nosotros mismos, hacia el semejante que tenemos cerca. El uso y el abuso del ser humano convertido en cosa no se da sólo en la guerra y en grandes catástrofes, ocurre a diario en la calle, en la oficina, dentro de las familias, aún no hemos aprendido a respetarnos, a valorarnos, a valorar la vida que tenemos, esto que observamos a través de una pantalla lleva al extremo algo que también está presente en nuestra vida cotidiana y con lo que nos hemos familiarizado también, lo mismo que con las imágenes de guerra. De algún modo hemos naturalizado lo antinatural: la violencia. Solemos tratarnos mal a nosotros mismos creando violencia interna a través de adicciones, mala alimentación, malos pensamientos, violencia que luego hacemos extensiva a otro ser humano, a los niños, a los ancianos, al planeta. Es muy doloroso lo que pasa en Haití, intolerable, pero aunque magnificado nos invita a mirarnos por dentro, aún necesitamos pulir muchas aristas para que el mundo exprese una mayor armonía, esa armonía que está presente en la naturaleza cuando los humanos no interferimos con nuestro accionar. Sin embargo, en medio de este horror, está lo otro: el servicio desinteresado de socorristas, de médicos, de enfermeras, de militares y civiles, más allá de los intereses políticos. Algunos nos enteramos de que la población de Haití está mayormente constituida por niños y jóvenes debido a que la pobreza ha hecho que la expectativa de vida ronde por los cincuenta años. Así que los sobrevivientes son niños y bebés que dan vueltas sin encontrar seres que los protejan ni les den comida. Esto también es un peligro y una invitación para los comerciantes de la trata de personas. Pero hubo algo en medio de todo esto que echó una lucecita. La frontera con República Dominicana es zona caliente, los haitianos tratan de salir de un lugar donde no hay forma de subsistencia ni agua ni techo, pero también desde República Dominicana se registró un contingente de mujeres jóvenes que tienen hijos y que amamantan y ellas hicieron el viaje desde su país hacia Puerto Príncipe, como un servicio: fueron a alimentar con su leche materna a algunos de esos chicos que quedaron sin madre. Este episodio es ya una historia conmovedora y que merece ser rescatada en medio del horror, lo merece igual que esos cuerpos echados sobre el piso, tan parecidos a los que la Madre Teresa levantó de las calles de Calcuta. Esas madres amamantadoras son madres anónimas, son partecitas de la Madre Teresa en un mundo que pide a gritos ser rescatado de su oscuridad.




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domingo, 22 de noviembre de 2009

FINALIDADES


"El fin de la sabiduría es la libertad. El fin de la cultura es la perfección. El fin del conocimiento es el amor. El fin de la educación es el carácter. Todos tenemos el deseo de adquirir estas cuatro cualidades, es decir sabiduría, cultura, conocimiento y educacion, y alcanzar sus fines, o sea libertad, perfección, amor y carácter. Pero los estudiantes se deben dar cuenta de que si estas cualidades no son bien utilizadas, ellos no pueden ser llamados estudiantes. Como estudiantes y futuros ciudadanos de este país, ustedes tienen la responsabilidad de formar el futuro de este país. Pongan sus corazones en el recto camino, escuchando atentamente a las personas de eminencia y experiencia."
Sri Sathya Sai Baba - escrito en la pizarra de Prashanti Nilayam, India - 22 de noviembre de 2009

martes, 3 de noviembre de 2009

EN LA FILA DEL SUPERMERCADO




Como siempre especulé en buscar la fila más corta en las cajas del supermercado. De todos modos estoy convencida de que funciona la ley de Murphy: si abandono una caja, esa seguramente irá más rápido que la nueva escogida. Finalmente me ubiqué en una donde estaba la cajera que ya conocía. Afortunadamente se dio el milagro: para soportar la espera la señora que estaba detrás de mí era tan conversadora como yo. Y nos pusimos a hablar de gatos. Ella tenía tres, yo dos. Comparamos la vida de nuestros gatos, compartimos experiencias, narramos anécdotas, intercambiamos información sobre enfermedades gatunas, remedios y veterinarios. Cuando nos quisimos acordar el tiempo había volado y ya nos tocaba el turno de pagar. Mientras iba sacando la mercadería para que la cajera la chequeara, la señora y yo seguimos hablando de nuestros gatos. La cajera también tenía tres gatos, la charla se puso interesantísima. Cuando estaba por irme, antes de saludar a la cajera y a la señora me di cuenta de cómo los animales nos humanizan, cómo sacamos lo mejor de nosotros al relacionarnos con nuestras mascotas. Si hubiésemos hablado del tema familia seguramente nos hubiésemos sentido en la necesidad de contar alguna que otra inevitable rispidez. Pero en la relación con los animales sacamos lo mejor de nosotros y así, nuestras humanidades se pudieron vincular mejor. Los animales fueron un puente para nuestra humanidad. Di unos pasos para irme y me di cuenta de que me había olvidado de algo. ¿Cómo se llamaban los gatos de la señora y los de la cajera? Nos dijimos los nombres, hicimos comentarios sobre el porqué los escogimos. Sí, faltaban los nombres. Nuestros gatos, merecen ser recordados por sus nombres.


Ilustración margen superior derecho: Helga Sermat

lunes, 5 de octubre de 2009

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA PAZ



Del valor absoluto PAZ se desprende el valor relativo PACIENCIA. La paciencia puede ser definida como la ciencia de la paz. No está muy valorizada aquí en Occidente, el criterio imperante propone avanzar para alcanzar las metas, incluso violentar los ritmos naturales si es preciso. La paciencia necesita de un pacto con distintos niveles de existencia, esta visión egoica que postula avanzar a toda costa y a cualquier precio porque acceder a la meta es lo fundamental, desconoce el subvalor de la paciencia o, en otras palabras, hace caso omiso de él. Como la paciencia necesita que pactemos con todo aquello que nos rodea, con todo aquello que no podemos manejar es imprescindible que establezcamos una profunda conexión con nuestro eje, desde allí la integración de lo diverso será posible y nos adaptaremos a los tiempos que el plan del Universo nos vaya pulsando. Si nos atenemos sólo a los dictados de las urgencias de nuestro ego, no habrá paciencia, habrá violencia, violentaremos los ritmos de todo aquello que nos involucra y nos contiene persiguiendo una meta autoimpuesta. Este es el camino del avasallamiento, de la ceguera, de la ansiedad que conduce a la angustia. Paciencia, por supuesto, está ligada a la humildad y la humildad requiere que trascendamos ese nivel primario del ego. Vibrar desde el ser y no desde la personalidad, esa construcción mundana. El vértigo de pretender alcanzar algo externo en el que hemos depositado toda nuestra idea de identidad sólo conduce al atolondramiento. Paciencia-paz-felicidad van abriendo sendas que se comunican. A veces un poco de silencio alcanza para comenzar a transitar ese camino. El silencio puede encontrarse por ejemplo en dejar de hacer compulsivamente, en no esperar sobresalir por encima de los otros, en resignar una satisfacción inmediata para brindarle una mejoría a la vida de algún otro ser. Paz y silencio: dos cara de una misma moneda.

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