domingo, 5 de julio de 2009

SENTIDOS DE TRASCENDENCIA


El conocido o divulgado sentido de trascendencia es el que se encuentra en todas las religiones del mundo y es el que sostiene que el cuerpo es un envoltorio de una energía que existió antes de habitar este cuerpo y continuará existiendo después que abandone este cuerpo. Viene a mi memoria una frase de la escritora francesa Simone de Beauvoir que descreía de esto y dijo por ahí que ella y Sastre no encontrarían canaletas entre sus tumbas para encontrarse. Simone no creía en esta clase de trascendencia pero sí en otra no menos importante, que es la trascendencia que permite perdurar en el mundo a través de una obra, de un quehacer o labor que aporte algo a personas con las cuales quien las realizó no tuvo contacto ni conocimiento. Esta clase de trascendencia es la que surge de una actitud dhármica, de un sentido del deber con otros seres humanos, entonces alguien hace algo desinteresadamente sin esperar retribución, se trata de un simple dar o entregar en función del bien común. Y esa acción trasciende a la persona que la ejecutó, ya sea mejorando condiciones de vida de personas aún no nacidas o del planeta como organismo viviente. Es esta clase de sentido de la trascendencia con la que todos y cada uno de los seres humanos debemos comulgar. Lamentablemente la gran mayoría de las personas vive usufructuando los bienes recibidos sin actitud de retribución o compensación, sin la generosidad de brindar un servicio simplemente por el hecho de dar como un acto de agradecimiento ante la vida. Con este sentido de trascendencia simplemente alcanzaría para mejorar las condiciones de vida en nuestro planeta. Si cada persona al irse de este plano hubiese procurado mejorar lo que recibió y no rapiñarlo todo, ya bastaría para que la especie humana evolucionara más o más rápidamente.
Trascender: ir más allá. No implica sólo pensarnos como almas o energías sin tiempo que irán a otro nivel de existencia luego de dejar este de tres dimensiones, ya que nuestro cuerpo también es multidimensional. Percibimos únicamente nuestro cuerpo denso o físico, de modo tal que al no incluir nuestro cuerpo sutil desconocemos nuestras conexiones con otros planos en el aquí y en el ahora. Gracias a estos cuerpos sutiles poseemos otras formas de conocimiento que podemos detectar mediante nuestras corazonadas o intuiciones, claro que esta forma de conocimiento está adormecida, pero está presente porque están nuestros chakras haciendo fluir la energía sutil y funcionando como matriz de nuestro cuerpo físico. Así es que estamos trascendiendo todo el tiempo, aún antes de morir, mientras respiramos, vamos más allá de este cuerpo conectándonos con seres y energías de distintos planos. Al identificarnos con nuestro cuerpo físico perdemos la percepción de este hecho, de allí que las religiones propongan prácticas para activar esta conexión. Trascender entonces es inevitable, la cuestión es hacerlo consciente y vivir considerando nuestra trascendencia como un eje fundamental del estar aquí. No importa si nuestras creencias no adhieren a la idea de una energía preexistente y eterna, porque nuestra acción en el mundo producirá un efecto que afectará inevitablemente a otros de un modo constructivo o destructivo, inevitablemente siempre nuestras acciones nos trascenderán. Si nos hacemos responsables de eso otros seres, a quienes este cuerpo no contactará, se sentirán agradecidos. Y con eso se justifica una vida, que no es poca cosa.



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Obra de margen superior izquierdo: Tito de Francisco

domingo, 21 de junio de 2009

PERSISTENCIA DEL ANTIGUO MODELO



Creo que todavía no somos del todo conscientes que toda nuestra educación y por lo tanto nuestro sistema de vida gira en torno a la aprobación de una autoridad que está fuera de nosotros mismos. Si así fuera no pensaríamos que la otra persona tiene que decir o hacer aquello que nosotros consideramos lo acertado y correcto. Y aunque no lo hagamos, ya sea por decoro o porque algo intuimos que debe ser de esa forma, en nuestro fuero interno juzgamos al otro. En el juicio está implícito todo el sistema que nos sustenta y que aún continúa perpetuándose a través de la educación. La comparación está tan metida dentro de nuestro modo de aprendizaje que no escapamos a ella. Nos comparamos con la otra persona, nos comparamos con el ideal que según un patrón autoritario debemos alcanzar, ese patrón puede ser social o familiar, nos comparamos constantemente porque entendemos que el modelo a seguir está fuera de nosotros. Ese “deber ser” no se apoya en valores trascendentes sino en figuras o modelos establecidos de comportamiento que no tienen en cuenta la diversidad de almas o, si se quiere para bajar esto a cuestiones más terrenales, la diversidad de personalidades e historias.
Si observamos atentamente nuestros pensamientos descubriremos que de alguna manera el cotejarnos es el patrón de medida. De tan establecido y practicado se nos ha hecho carne y nos parece natural. Así se cristalizaron las pautas de belleza, reducidas al extremo de rozar la caricatura y fortalecida con el apoyo del avance científico-tecnológico. Así las conductas y prácticas religiosas, los conceptos sobre los modos de ganar dinero, en suma el paradigma entero. Estamos viviendo un momento en el que la energía del planeta nos permite ampliar la visión y revisar antiguas pautas y el antiguo modelo, netamente patriarcal, es decir basado en la determinación de un elemento por sobre los restantes, se ha resquebrajado. Pero nuestro trabajo de autotranformación recién comienza, podemos sorprendernos cada día respondiendo a una visión añeja, sin preguntarnos si eso que elegimos, hacemos o pensamos sale de lo profundo de nuestro ser o nos fue impuesto por una autoridad medio turbia pero percibida como férrea e indestructible. Nuestro estado actual de ansiedad e insatisfacción surge de este modelo mental, siempre creemos que podemos vivir algo mejor, que deberíamos estar en otro lugar, que tendríamos que haber hecho esto y no aquello otro, así la comparación implícita alude a una visión externa, ajena. Nuestra falta de conexión con el presente que es el único lugar donde está la felicidad, esa ambición desmedida por llegar a ser y a hacer quién sabe qué cosa, que a veces ni nosotros mismos sabemos qué es, nace de esta educación en el modelo patriarcal. Este es el tema más o menos central de la película “El guerrero paciente”. Pareciera que para ser la aprobación debe venir desde una fuente de autoridad, cualquiera sea y así nos estructuramos desoyendo nuestra voz interna. La autobservación y la introspección es el camino recomendable para empezar a cambiar este modelo. Como siempre, y nada menos.





Imagen ángulo superior izquierdo: Cuadro de Van Gogh

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martes, 9 de junio de 2009

REANUDANDO VÍNCULOS



En más de una ocasión sonó el teléfono y alguien que venía desde mi pasado se hacía oír. Podía tratarse de alguna compañera de estudios, un antiguo amigo, seres que compartieron mi vida muchos años atrás. Ocurrieron varios sucesos. Lo cierto es que las relaciones siempre tendían a establecerse como en el momento en que se produjo la ruptura. Así la compañera del secundario parecía una muchacha de quince años que hacía bromas aunque ya tuviera cuarenta cumplidos, el amigo pretendía encontrar alianzas que costaba rastrear y cosas semejantes. En medio del reencuentro, entre las dos personas y la vida se había interpuesto el tiempo. Y el tiempo lo único que hace es producir cambios. Yo siempre he abrigado la ilusión de que la otra persona cambiaba igual que yo y tal vez eso era así, sólo que al intentar reanudar el vínculo parecíamos congelados en una situación pasada, perdida, sólo podíamos relacionarnos a partir de la memoria y no del presente.
Final: En realidad venimos de Dios y hacia Él retornaremos, según los astrofísicos todo se desprendió de un solo átomo que no ha hecho otra cosa que expandirse. Los que seguimos un camino de evolución consciente hablamos de “Volver a casa”, de “recordar lo que somos y hemos olvidado”. Me pregunto si esto nos pasa con personas conocidas en este plano y en esta encarnación, ¿cuán dificultoso será para nosotros recordar nuestra esencia? Al parecer para resucitar el Dios interno hay que vivir el presente, de la misma manera que para reencontrarse con un antiguo amigo pero nuestra configuración mental suele refugiarse en lo conocido para establecer contacto. Este es un tema para reflexionar, para preguntarnos una vez más desde dónde nos relacionamos con lo que nos rodea, sean personas, objetos, objetivos o metas. ¿Es la costumbre, lo conocido, lo ya transitado lo que marca el eje de la relación? Entonces no encontraremos nada nuevo. Nuestra mente está diseñada para la supervivencia física, el cerebro responde a sus patrones habituales. A Dios no se lo encuentra a través de lo rutinario, de lo seguro, de lo repetitivo sino en esos caminos intrépidos. Tengo la sensación de que lo que se está jugando en este momento evolutivo es eso: revolución o continuidad. ¿Aceptamos el reto de que todo no siga respondiéndonos igual por seguridad y temor? Si lo aceptamos, lo nuevo está allí con su rostro divino. Y cuando decimos Dios estamos lejos de esa representación patriarcal que asemeja a una suma de valores trascendentes a una figura humana. Cuando decimos Dios estamos diciendo toda esa fuerza que sustenta el Universo, un universo múltiple, infinito y por infinito inabarcable, expandiéndose, regido por un principio sustentador sin el cuál tanta versatilidad y riqueza no serían posibles. Einstein hablaba de Dios desde una visión científica. Es hora que entendamos a la divinidad cercana a la ciencia y a lo trascendente, alejándola de la superstición pero no de la magia, alejándola al mismo tiempo de una visión escolar. Ahora, más que nunca a la luz de la astrofísica y con los aportes de la física cuántica Dios se nos ha hecho más cercano y tal vez más comprensible. Dios es lo que no puede manejar nuestra voluntad humana, la rigidez de operar desde lo ya experimentado nos distancia de esa comprensión y a veces o mejor dicho casi siempre, un simple amigo que vuelve del pasado nos permite descubrir hasta qué punto necesitamos flexibilizarnos.


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jueves, 28 de mayo de 2009

SOÑAR CON MUERTOS


Desde que murió mi abuela, la última de la línea de mis antecesores no hice más que soñar prácticamente cada noche con que volvían vivos, con que no habían muerto y se me armaba un lío en mi mundo cotidiano. Lo curioso es que no sólo soñaba con mi abuela sino también con mi abuelo, fallecido diez años antes. Me despertaba sin angustia pero preocupada. Una mañana me desperté con la sorpresa de haber tenido un sueño que indicaba que mi inconsciente aceptaba la partida de mi abuela. Esa mañana, justamente, tenía mi sesión de reflexología holística con Pablo y ocurrieron muchas cosas. Le conté entusiasmada mi cambio y un hecho más significativo aún, que apenas me desperté y recordé el sueño sonó el teléfono y el abogado de la sucesión me pidió un papel que oportunamente mi hermano me había dado en custodia, con ese papel se terminaba de reunir lo necesario para iniciar la sucesión. Aquella misma tarde fui a firmar. Mi mundo interno se expresaba en mi mundo externo natural y comprensiblemente. Como yo antes me había quejado ante Pablo que mi tendencia a negar un proceso me hacía mal por eso de no aceptar la partida de mi abuela, él me dio otra lectura y ahí comprendí que mi manera de interpretar los sueños era clásicamente freudiana, tomaba al sueño como un retorno de lo reprimido o como la realización de un deseo, pero ese sueño recurrente contemplado desde la necesidad de mi alma y siguiendo la visión de Bert Hellinger indicaba quizá mi necesidad de tomar la línea de ancestros, tomar en el sentido de ser respaldada, de pertenecer a una especie familiar. Pablo hizo un amplio gesto con su mano para representar a toda una progenie que está a mis espaldas y que me contiene. No se puede avanzar o ir más allá sin ese respaldo y ese respaldo se obtiene cuando se acepta a la familia, cuando no se excluye a nadie. Hace poco más de un año y medio hice mi tercera constelación familiar y pude incluir a mi padre en ella después de muchos años de negación y falta de perdón. Ahora mi alma pedía un cierre y quería incluir a mis abuelos, porque no soñaba sólo con mi abuela sino con los dos, con los fundadores de la familia que me trajo al mundo. Cuando dejé de soñar fue cuando mi alma los incorporó con una reverencia y por eso el mundo tangible se manifestó a través del llamado de un abogado. Por el mismo motivo tantas cosas no logran concretarse en este mundo de tercera dimensión, tantas herencias quedan atascadas y se pierde dinero y bienes porque las almas no trabajaron la relación con sus ancestros. Aceptar, amar e incluir: camino necesario para encontrar la alegría en este mundo en cada uno de nuestros aspectos.





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martes, 19 de mayo de 2009

GENTE EN LA CIUDAD


La primera persona que me llamó la atención fue una mujer que zamarreaba a su hijo. Llevaba otro niño en los brazos y me dio pena, por eso al pasar le toqué la cabeza al niño como un gesto de cariño. La mujer se crispó y me miró con su rostro amenazante. Pensé en ella, en la furia que todos llevamos dentro, a veces aplacada, e imaginé su niñez muy parecida a la que tendrá su hijo.
Luego esos rostros familiares, algunas caras tensas, muy tensas, como si toda la historia vivida y mal interpretada estuviera congelada en su interior. Y después otra vez en una esquina de la avenida Cabildo aquella mujer que imploraba con un tono quejumbroso, esa mujer a la que hace escasas semanas le compré algo parecido a un almuerzo. Recuerdo que pedía comida de una manera lastimosa que no pude menos que ir a comprar algo. Muchos hijos alrededor. Muchos hijos. Y ahora me pareció que ella estaba copiando aquel pedido pero que ya se notaba la imitación. No dudo de que tenga hambre, no, no lo dudo, sin embargo pienso en que ella también se ha detenido en esa esquina y en un gesto que la petrificó. Encerrada en su intemperie no sabe más que pedir. Y sus hijos la copiarán.
Pocas cuadras más allá vi a una mujer con dos hijas, exactamente en la esquina de Cabildo y Juramento. La espalda apoyada sobre la pared, unos cuantos cartones con alfileres y ganchos esparcidos por el suelo, sus hijas limpias, bien vestidas jugando alrededor y ella apenas levantando la vista del libro que leía para controlar qué hacían o donde estaban esas dos niñas. El libro la absorbía y no se preocupaba al parecer que nadie le comprara sus alfileres. Me fijé bien: leía La Biblia. No pude despegar los ojos de esa mujer, estaba envuelta en un silencio enorme. Había una historia allí, una historia que nadie me iba a contar.
En el colectivo apareció el muchacho que tocaba la guitarra, le costó encontrar una partitura o algo parecido a una partitura y un pincullo. Se paró en mitad del colectivo y apoyó su espalda en el caño que da a una de las puertas de salida. Maravillosa su música, guitarra y pincullo. Ahí también había una historia que no iba a llegar a conocer. Cuando terminó la segunda pieza yo inicié el aplauso y otros me siguieron y él se puso tan contento y tan asombrado por el aplauso que me sonrió y me hizo un gesto cómplice de agradecimiento. Me tuve que bajar sin darle nada, no tenía monedas en mi billetera.
La ciudad está viva, la ciudad me insinúa historias que tal vez necesite inventar.


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lunes, 11 de mayo de 2009

LA CASA



Crecí en una casa grande en el barrio de Floresta. Todavía recuerdo aquella tarde en la que mi padre nos llevó a mí y a mis tres hermanos y subimos a la terraza, corríamos de un lado a otro. Nos parecía inmensa en relación a la casa que habitábamos hasta entonces. Fui a la escuela del barrio y tenía cuatro amigas que vivían todas en la manzana de enfrente. La gente del barrio me conocía y pasaba horas en casa de los vecinos, incluso me iba de vacaciones ellos. El barrio era una casa extendida, mi espacio resultaba enorme. Luego, cuando comencé a vivir sola a los 24 años me compré mi primer departamentito. Dios mío, cuánto le costó a mi cuerpo acostumbrarse a las restringidas dimensiones. Pude comprarme un departamento apenas un poco más grande y luego llegué al tan ansiado departamento de tres ambientes con gran balcón. Pero algo faltaba. Yo me había ido acostumbrando por eso de escuchar: una mujer sola es mejor que viva en un departamento. Salvo mi año en Misiones, viví en departamentos, incluso aquel otro año en el centro de la ciudad de Córdoba. Hasta que, ya siendo una mujer más mayor me dije: ¿Y si intento vivir en una casa? Medio mundo me alertaba sobre los peligros de vivir en Buenos Aires en una casa. El pasaje resultó complicado, pero lo hice. Ahora me doy cuenta de que mi personalidad no tolera los departamentos y me acuerdo de que una reflexóloga con quien hice un tratamiento me había preguntado si vivía en casa o departamento y al contestarle departamento hizo una mueca con su boca.
Algo ocurre cuando nos alejamos demasiado de la tierra. Un especialista en Feng Shui me dijo que la gente no debería vivir más allá del piso séptimo, porque va contra nuestra naturaleza humana. Suele decirse que cuando se compra un departamento estamos comprando aire. Antes de vivir en una casa, no pasaban seis meses sin que yo saliera a lo loca a pasarme unas semanas en las sierras de Córdoba. Decía que necesitaba la energía de ese lugar, pero ahora comprendo -porque eso ya no me pasa- que lo que yo realmente necesitaba era el contacto con la tierra. El contacto con la tierra nos vuelve más terrenales, más verdaderos. Eso de ver la ciudad desde arriba cambia la perspectiva. Yo ahora le veo el rostro a la gente, antes desde un octavo piso me sentía demasiado arriba. Esto también me hizo pensar en aquella idea mía de irme de Buenos Aires a vivir otra vez en una provincia, en realidad Buenos Aires no es el microcentro, es una suma de barrios que en muchos casos, como el de Villa Urquiza, se parecen a veces a un pueblo de provincia. Estoy muy cerca de la general Paz y el barrio es antiguo y la gente se saluda y se reconoce aún igual a como ocurría en la Floresta de mi infancia. A veces no hay que irse tan lejos para encontrar la patria. Yo me fui veinte cuadras más allá y no compré aire sino tierra.
Dibujo en ángulo superior izquierdo: obra de Roberto Aizemberg
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lunes, 4 de mayo de 2009

EL VALOR DEL TIEMPO



Leo en la Revista Ñ que un filósofo decide revisar la filosofía occidental desde el marco del pensamiento chino. Interesante eso de salirse de lo propio para desestructurar un pensamiento y ampliar la visión. Y dice por ahí algo parecido a: Se suele creer que no se puede entender el pensamiento chino pero indagando y dándole tiempo a la investigación es posible. Me gustó esa frase de darle tiempo a las cosas. Me pareció que el pensador se había empapado realmente de la visión oriental aportada por China. Porque el gran problema de nuestra cultura es que como nos la pasamos entablando luchas contra todo -porque esa es nuestra forma de relacionarnos- también la hemos entablado contra el tiempo. Y así la gente quiere apropiarse de todo y dice: no tengo tiempo. ¿Cómo no vamos a tener tiempo? El tiempo está, sólo que nos relacionamos equivocadamente con él. Yo personalmente he erradicado esta frase de mi vocabulario y digo por ejemplo: Quiero usar el tiempo para esto en vez de esto. Claro que a nadie le basta el tiempo en la actualidad, en parte por la resonancia Schumann que ha hecho que la vibración se acelere y según dicen vivamos 16 horas en vez de 24 por día y, en parte, porque nuestra ansiedad por llegar a algún lado no nos permite valorarlo verdaderamente. Podemos afirmar que la ansiedad es la enfermedad de nuestra época. Esa ansiedad se apoya en la idea de que para ser hay que hacer, de que la persona vale por las metas que alcanza, entonces por alcanzar una identidad se pierde el sentido de todo, cuando en realidad la identidad está en ser y no en hacer.
A la frase el tiempo es dinero, que en verdad nos gobierna de una u otra forma, los mayas proponían el tiempo es arte. Y lógicamente, si el sentido de mi vida es transformarme para alcanzar más sabiduría y por lo tanto más felicidad, el tiempo es el conjunto de aprendizajes que obtengo para llegar a ningún lugar, porque el conocimiento es un espacio que siempre da lugar a otro y a otro en forma circular, no lineal. No hay una meta fija. El tiempo no es algo que hay que usufructuar o algo que hay que derrotar para llegar a un sitio. Para poner un ejemplo de que en nuestra sociedad el tiempo es vivido como un contrincante al que hay que vencer basta con ver las cirugías estéticas. Estamos equivocados: El tiempo juega a favor del conocimiento si nos amigamos con él y se convierte en un adversario cuando nuestro único foco está puesto en una meta que aspira a ubicarnos por encima de todo. No hay encima de todo en el Universo, en el Universo sólo hay expansión y propósito. No hay dominación aunque temporariamente parezca que sí la hay cuando una estrella colapsa o un meteorito impacta contra un planeta, porque ese hecho da movimiento a otro que luego producirá otro que a su vez alimentará al que fue afectado en un principio. Así el tiempo mirado desde lo amplio no requiere de nuestro apuro. Si observamos una vida entera comprenderemos que luchar contra el tiempo o intentar apropiarse de él no ha tenido sentido. La vida entera se ve cuando ya ha transcurrido, en la figura del anciano. Y qué curioso, eso es lo que nos negamos a ver, la vejez es negada en nuestra cultura. Esta cultura del hacer nos ha metido en un vértigo en el que nos hemos perdido a nosotros mismos y esa confusión nos ha arrastrado, mirar a China o a Oriente es un primer paso para recuperar el sentido de cada cosa, buena idea la de este filósofo que es francés y que se llama François Jullien.
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